En la sociedad montañesa los pastores constituían un mundo aparte. Generalmente se trataba de los hermanos solteros y no herederos de cada casa. Pasaban una gran parte del año aislados, manteniendo una cultura propia, en la que pervivían con una mayor pureza las tradiciones y creencias ancestrales de las montañas. Se trataba de una profesión muy jerarquizada: se ingresaba desde niño y se iban atravesando diversos grados en el seno del grupo de pastores.
Los trabajos con las ovejas y los viajes trashumantes estaban regulados por los ciclos naturales. Las ovejas pasaban en los pastos del alto Pirineo los meses de verano. Descendían hacia el valle del Ebro en noviembre, donde llegarían hacia la Purísima (8 de diciembre), momento en el que parían las ovejas. El pastoreo llevaba aparejados numerosos trabajos, que están representados en la sala a través de sus útiles: el ordeño; el esquilado; la elaboración de quesos, y el marcado de las ovejas mediante pez caliente, que dejaba curiosas marcas con letras o símbolos.
Las piezas de la sala ilustran asimismo otros aspectos del mundo pastoril, como sus creencias o sus artesanías.