El mundo de la infancia está representado en una sala de reducidas dimensiones. En aquella sociedad tradicional en la que era muy frecuente la mortalidad infantil, los hijos eran abundantes y se les valoraba fundamentalmente como mano de obra para garantizar la continuidad de la casa. De allí que su incorporación al trabajo fuera muy prematura.
Las piezas expuestas permiten seguir la evolución vital del niño, desde la cuna hasta que aprende a andar. Durante ese tiempo juega sin descanso: primero con su madre y después con los niños del entorno, construyendo sus propios elementos de juego, pues en el mundo rural, sin comercio ni liquidez monetaria, no existían los juguetes. Por ello, utiliza elementos tomados de su entorno inmediato, como las tabas, las cañas para construir silbatos (o chiflos) o los viejos botones para hacer silbadores.
Aunque a mediados del siglo XIX el Estado universalizó la escuela, lo cierto es que hasta entrado el primer tercio del siglo XX no llegó a todas las aldeas del Pirineo.
Esta situación y la muy temprana incorporación al mundo laboral motivaron una alta tasa de analfabetismo.
Las carencias pedagógicas quedaban, sin embargo, compensadas a través de la transmisión de conocimientos y valores sociales mediante un sistema de leyendas, cuentos, romances, adivinanzas, juegos y rituales, que capacitaban al niño para entrar a formar parte de aquella sociedad.