Solemos atribuir a los Pirineos la imagen de una reserva natural casi virgen, solo perturbada por intrusiones contemporáneas como pistas de esquí, carreteras y urbanizaciones, en un territorio conservado hasta ahora por hombres y mujeres que vivían en armonía con la naturaleza.
Pero esto está muy lejos de ser cierto. Salvo en las grandes alturas del Pirineo axial, a partir de los 1.500 metros, el paisaje pirenaico se encuentra desde hace siglos totalmente humanizado, tanto desde el punto de vista físico como simbólico. Con una población superior a la actual y un denso entramado de pueblos, caseríos y enclaves productivos unidos por una tupida red de caminos, el hombre pirenaico empleó todos sus recursos para dominar un medio natural complejo y extraer de él los mayores beneficios posibles, mientras lo impregnaba de cultura y símbolos mediante leyendas, topónimos e historias.
Así, la montaña sufrió masivas deforestaciones por la tala y la quema para obtener madera y tierras cultivables, que precisan de abancalamientos, donde se construirán bordas y casetas para facilitar su aprovechamiento. En todos los caminos y en los alredores de los pueblos pueden hallarse aún cruces y hornacinas, y numerosos cerros exhiben la silueta de pequeñas ermitas cuyos santos protegen a los montañeses de tormentas, sequías y otras catástrofes.
Pese a las omnipresentes huellas humanas en valles y montañas, el uso de materiales locales en las construcciones y el paso de los siglos han propiciado su perfecta integración en el entorno natural. Esta exposición recoge fotografías que ilustran la presencia del hombre en el Pirineo, organizadas temáticamente, configurando un variado catálogo de paisajes humanos que enriquecen nuestra percepción cultural de la montaña.